Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems se marchó en cuanto pudo pasar inadvertido, cruzando el río con una canoa precisamente en dirección al sitio en donde habría de encontrar a Aissa. Se sentó sobre el césped y aguardó con el oído atento, seguro de que no tardaría en percibir el leve ruido de los pasos de la joven. El sol bañaba ya la floresta con sus rayos de oro, y en las ramas cantaban los pájaros, borrachos de luz y de perfume. Puntos de luz como chispas de sol perforaban la arboleda, encendiendo de oro las hojas de los árboles o trazando inquietos lunares rojizos sobre la superficie del agua del arroyo. Y un olor de madera que se pudre, de flor que se abre, de hierbecillas olorosas, se mezclaba con la respiración gigantesca del bosque, que trascendía a charca, a moho y a cieno al mismo tiempo que a violetas silvestres y a extrañas flores de intensos y exóticos perfumes.
Willems, como sumergido en aquel baño intenso y rudo de Naturaleza virgen, sentía que su interior se desdoblaba. Ya no experimentaba ninguna tristeza por su pasado ni temor alguno por su porvenir. Aquel cálido ambiente anulaba sus tristezas, sus esperanzas, sus cóleras, todas las angustias y todas las miserias de su corazón. Y permanecía allí inmóvil, en dulce quietud, en el tibio y perfumado refugio de los bosques, sintiendo sobre él los ojos de Aissa, recordando el tono de su voz, el perfume de sus labios temblorosos, la gracia de su sonrisa ingenua, fresca y suave.