Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Al fin, cuando un dÃa Aissa, sentada en el césped junto a él, se decidió a poner una mano sobre las suyas, Willems se estremeció intensamente, con la misma emoción de aquel a quien despierta el hundimiento de la casa en que duerme. Fue lo mismo que si hubiera recibido un balazo a traición. Rechazó brutalmente aquella mano y se quedó jadeando, con la vista fija en el suelo, conteniendo dolorosos suspiros. Pero la muchacha no manifestó ni temor ni sorpresa ante la extraña actitud del hombre blanco. Sus dedos acariciaron el pelo de sus sienes, se deslizaron luego lentamente a lo largo de sus mejillas y por último se detuvieron en una de las guÃas de su bigote. Y mientras él permanecÃa bajo la influencia de aquella terrible impresión que le oprimÃa el pecho. Aissa se levantó y desapareció como una sombra entre la arboleda, llevando en sus labios una sonrisa llena de luz.
Willems se levantó al fin penosamente y se dirigió a la orilla del rÃo. Pensaba, con una amargura que se le hundÃa en las entrañas, que aquél era el fin lógico de su aventura.