Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems se olvidaba del mundo entero cuando estaba junto a la muchacha. ¡La mirada de ella, la sonrisa de ella! ¡Nada en su vida antes ni después de Aissa! Su existencia estaba limitada, reducida, concentrada íntegramente en aquel presente glorioso que era la joven que iba a escucharle, a mirarle y a sonreírle cada día entre el bosque encantado. Y luego, al quedarse solo, se sentía débil y desamparado como un niño perdido. Él, que había vivido siempre sin otra preocupación que sus propios trabajos y su propia carrera, desdeñosamente indiferente a toda influencia femenina, lleno de desprecio hacia los hombres, incluso hacia aquellos que pretendían someterle; él, tan fuerte, tan superior y tan intransigente, tan firme incluso en sus errores, comprendía al fin que su verdadera personalidad, su fuerza, su voluntad, todo lo que era él, le había sido arrebatado tal vez para siempre por la mano de una mujer. ¿Dónde estaban la seguridad y el orgullo de su destreza, la fe en el triunfo que siempre le había acompañado, su cólera ante la derrota, su firme deseo de rehacer su fortuna, la certidumbre de que había de sonar para él una hora de gloria todavía? ¡Todo había desaparecido, todo se había borrado de su alma! Todo lo que suponía una fuerza o una voluntad en su corazón le había abandonado, y sólo quedaban dentro de su pecho aquel corazón lleno de inquietudes extrañas, un corazón que se turbaba, agonizaba, se estremecía o lloraba por una mirada o una sonrisa, por una palabra o una promesa.