El corsario rojo
El corsario rojo —¡Ejem! No creo que permanezcamos mucho tiempo en este puerto —respondió un poco secamente. Pero, como temÃa haber hablado demasiado, añadió rápidamente—: Nosotros, los negreros, no tenemos nada a bordo, a no ser grilletes y algunas barricas de arroz de reserva, y para completar el lastre llevamos cañones y balas para cargarlos.
—¿Es corriente que el armamento de los barcos dedicados a la trata de esclavos sea tan peculiar?
—Tal vez sÃ, tal vez no; hablando francamente; la ley no es muy respetada en la costa, y el brazo más fuerte es el que tiene generalmente la razón. Los armadores de este barco han creÃdo necesario que no falten a bordo cañones ni municiones.
—Le habrán dado también gentes para manejarlos.
—La verdad es que no se ha pensado en ello.
Su voz se vio casi apagada por la que resonó desde la barquichuela de Wilder, y que se oyó de nuevo como si llamara a otra barca.