El corsario rojo

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La respuesta fue rápida, corta, expresiva, pero dada en voz baja y con precaución. Esta interrupción repentina pareció embarazar al individuo con el que Wilder había tenido una equivocación tan disparatada, como la actitud que había de tomar en esta circunstancia. Había ya hecho un movimiento para llevar a su nuevo huésped al camarote del capitán, cuando el ruido de remos que cortaban el agua muy cerca del barco le indicó que era demasiado tarde. Hizo una señal a Wilder para que permaneciera donde estaba a fin de recibir a los que acababan de llegar.

Gracias a este abandono, Wilder quedó solo en posesión de la parte del barco donde se encontraba, lo que le permitió proseguir su examen y observar al mismo tiempo a los recién llegados.

Cinco o seis marineros muy fuertes salieron de la barca y subieron a bordo en profundo silencio. Una pequeña conversación en voz baja tuvo lugar entre ellos y su oficial, que parecía recibir una información y transmitir una orden. Cuando estos preliminares terminaron, bajaron una cuerda de un aparejo de la verga del palo mayor, y el cabo fue a caer a la barca llegada últimamente. A continuación la carga que había venido en ella se vio en el aire, poco más o menos a la misma distancia del agua que del mástil; bajó entonces con lentitud inclinada hacia dentro, hasta que fue colocada con seguridad en la cubierta del barco.


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