El corsario rojo

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En el tiempo que duró esta operación, que no tenía nada de extraordinaria en sí misma, y que no era más que lo que se veía a diario en los grandes barcos en el puerto, Wilder había abierto tanto los ojos que parecía que se le iban a salir de sus órbitas. El bulto negro que había sido subido desde la barca parecía, cuando se diseñaba en el cielo, tener las formas de un cuerpo humano. Los marineros se agruparon alrededor después de pasar mucho miedo y de mantener largas conversaciones en voz baja; el cuerpo, o bulto, lo que fuera, fue transportado por los marineros, que desaparecieron tras los mástiles, chalupas y cañones que cubrían la proa.

Este incidente era de tal naturaleza que excitaba la atención de Wilder; sin embargo sus miradas no estaban tan absorbidas por lo que ocurría, como para que no pudiera darse cuenta de una docena de objetos negros que parecían surgir de pronto detrás de las palanquetas. Podían ser bultos inertes que se balanceaban en el aire, pero tenían también un sorprendente parecido con cabezas humanas. La forma simultánea en que aparecían y desaparecían sirvió para confirmar sus sospechas; y a decir verdad, nuestro aventurero no dudó ni un instante que la curiosidad hubiera hecho salir a todas estas cabezas de sus escondrijos respectivos. Sin embargo no había tenido apenas tiempo para reflexionar acerca de todas estas circunstancias, cuando vino su primer compañero, que parecía estar nuevamente solo con él en cubierta.


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