El corsario rojo
El corsario rojo —Ya sabe lo que supone sacar a los marineros de tierra cuando un barco está a punto de largar velas —dijo el oficial.
—Parece que tiene usted un método muy original para subirlos a bordo.
—¡Ah!, habla del bribón que está en la verga del palo mayor. Tiene usted buena vista, compañero, para distinguir las cosas a esa distancia; pero el bribón se habÃa amotinado.
Después, como estaba contento por la explicación que acababa de dar, se puso a reÃr con aire de satisfacción como para felicitarse.
—Pero —añadió a continuación— lleva usted mucho tiempo a bordo, y el capitán le espera en su camarote. SÃgame, seré su guÃa.
—Espere —dijo Wilder—; ¿no serÃa conveniente anunciar mi visita?
—Está ya informado. No sucede nada a bordo que no llegue a sus oÃdos antes de ser puesto en el diario.
Wilder no hizo ninguna objeción más, y se mostró presto a seguir a su guÃa. Este le condujo hasta el lugar que separaba el camarote principal del resto del barco, y señalándole con el dedo una puerta, le dijo en voz baja:
—Golpee dos veces; si le responde, pase.