El corsario rojo
El corsario rojo Nuestro objeto nos conduce al período de calma que precedió a la tempestad de la revolución. En los primeros días del mes de octubre de 1759, Newport, como todas las otras ciudades de América, había experimentado al mismo tiempo la alegría y la tristeza. Los habitantes lloraban la muerte de Wolfe y celebraban su victoria: Quebec, la llave del Canadá y el último lugar de importancia que ocupaba un pueblo que había sido levantado para ver como sus enemigos naturales habían cambiado de dueños. Esta fidelidad a la corona de Inglaterra que impuso tantos sacrificios hasta la extinción de este extraño principio, estaba entonces en su mayor ardor, y probablemente no se hubiera encontrado un solo colono que no asociase hasta cierto punto su propio honor a la gloria imaginaria del jefe de la casa de Brunswick.
El día en que comienza la acción de nuestra historia había sido especialmente destinado para manifestar la postura que tomaba la gente del pueblo y sus alrededores con respecto a los triunfos de los ejércitos reales. Había sido anunciado, al igual que mil días lo fueron después, por el sonido de las campanas y por salvas de artillería, y la población se esparció muy pronto por las calles de la ciudad, con la intención muy acentuada de divertirse, que ordinariamente hace tan insípido un placer concertado de antemano. El orador del día había desplegado su elocuencia en una especie de discurso prosaico en honor de los héroes muertos.