El corsario rojo

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Satisfechos por haber expresado así su fidelidad, los habitantes empezaron a dirigirse a sus casas. Los campesinos de los alrededores e incluso del continente vecino se dirigían hacia sus alejadas moradas con esta previsión económica que distingue aún a los habitantes del país incluso en el momento en que parecen dedicarse a los placeres con el máximo abandono. En una palabra, la hora de los excesos había terminado.

El ruido del martillo, del hacha y de la sierra se oía de nuevo en el pueblo. Las ventanas de más de una tienda estaban medio abiertas, como si el propietario hubiese hecho una especie de compromiso entre sus intereses y su conciencia; se podía ver a los dueños de las tres únicas posadas del pueblo sentados ante sus puertas, mirando a los campesinos que se marchaban. Algunos marineros ruidosos y desocupados, ligados a los barcos del puerto, y unos cuantos parroquianos de las tabernas, fueron sin embargo la única conquista que pudieron hacer todos sus gestos de amistad, todas sus preguntas sobre la salud de las esposas y de los hijos, e incluso las invitaciones directamente hechas algunas veces a los transeúntes de ir a beber y descansar.




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