El corsario rojo

El corsario rojo

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Quizá sea necesario decir algo del orador, con el fin de que un prodigio intelectual tan destacado ocupase su lugar en nuestra efímera enumeración de los grandes hombres de esta época. Él era el oráculo habitual del vecindario cuando se necesitaba que las ideas se concentrasen sobre algún gran acontecimiento, tal como el que acabamos de hablar. Su formación se consideraba con justicia, por comparación, como de las más completas y entendidas; su reputación era como la del calórico; se asegura, no sin razón, que había asombrado a más de un doctor europeo que había querido discutir con él de literatura antigua. Era un hombre que sabía sacar el mayor partido de sus dotes sobrenaturales. Tan sólo en una ocasión pudo haber disminuido una reputación adquirida de esta forma: fue al permitir que uno de sus mejores capataces se infundiese de su elocuencia, o, como decía su rival más intelectual pero menos dichoso, el otro hombre de leyes del pueblo, sufriendo que se le detenga el paso a uno de sus ensayos fugitivos. Pero incluso esta prueba, cualquiera que pudiesen ser los resultados al exterior, servía para confirmar su reputación en el país. Relucía entonces a los ojos de sus admiradores con todo el esplendor de la impresión, y era en vano que esta miserable raza de animaluchos que se alimentaban de la substancia del genio tratara de minar una reputación consagrada en la opinión de tanta parroquia. El folleto fue distribuido cuidadosamente en las provincias, comentado en las veladas, abiertamente alabado en los documentos públicos por alguna pluma homogénea, como se veía por la semejanza sorprendente del estilo; y, en fin, gracias al celo de un campesino más entusiasta o quizá más interesado que los otros, llevado a bordo del primer barco que largó velas para regresar a la querida patria, como se llamaba entonces afectuosamente a Inglaterra, en un sobre que iba dirigido nada menos que al rey de esa nación. El efecto que produjo en el espíritu rígido del alemán dogmático que ocupaba entonces el trono del Conquistador nunca fue conocido, aunque los que estaban en el secreto del envío esperasen en vano mucho tiempo la recompensa señalada que debía ser el precio de tan maravillosa producción de la inteligencia humana.


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