El corsario rojo
El corsario rojo —Sà —dice el infatigable sastre dando una especie de suspiro que igualmente se podrÃa tomar por la prueba del exceso de su satisfacción moral, o de la fatiga fÃsica debida a sus penosos trabajos—, sÃ, raramente salen de la boca del hombre palabras más bellas que las que ese señor ha pronunciado hoy. Cuando hablaba de las llanuras del padre Abraham, del humo y de los muertos de la batalla, mi querido Pardon, me ha conmovido tan profundamente que, según creo, se me podrÃa meter en la cabeza dejar la aguja, y marchar para buscar la gloria bajo las banderas del rey.
El joven cuyo nombre de pila habÃa sido humildemente elegido por sus padrinos para expresar sus esperanzas en el porvenir, volvió la cabeza hacia el valiente sastre con una expresión de burla en la mirada con lo que demostraba que la naturaleza no le habÃa negado el don de la broma, aunque esta cualidad fuese reprimida por la sujeción de costumbres muy particulares y por una no menor educación.
—Influido por un hombre ambicioso, vecino Homespun —dijo—, Su Majestad ha perdido a su más valiente general.