El corsario rojo
El corsario rojo —SÃ, sà —respondió el individuo que en su juventud y en su madurez estaba tan equivocado en la elección de una situación—, es una suerte bella y agradable para el que no tiene nada más que veinticinco años. Pero para mÃ, la mayor parte de mis dÃas han transcurrido, y tengo que pasar los que me quedan aquà donde me ve. ¿Qué color tiene su vestido, Pardy? Es el color más bello que he visto este otoño.
—Mi madre lo ha hecho para dar un color sólido al tejido, y le digo, vecino Homespun, que con el tiempo, no habrá en toda la isla un muchacho mejor vestido que el hijo de mi madre. Pero puesto que no puede ser general, buen hombre, puede tener al menos el consuelo de saber que no se lucha sin usted. Todos están de acuerdo en que los franceses no resistirán mucho tiempo, y que obtendremos la paz sin enemigos.
—Tanto mejor, tanto mejor, muchacho. ¡El que haya visto como yo los horrores de la guerra, dará gracias a Dios! He visto muchas cosas, has de saber que el precio debe ligarse a las dulzuras fÃsicas de la paz.
—¿No se harÃa raro, buen hombre, en la nueva situación que queréis tomar?