El corsario rojo
El corsario rojo —Veo, hermano mÃo, que se ha ofendido porque he seguido sus pasos, aunque con ello sé que no he hecho más que obedecer su propio deseo. ¿Acaso esperaba que un viejo lobo de mar como yo, que ha pasado tanto tiempo a bordo de un barco almirante, confesara su ignorancia acerca de cualquier cosa, sea lo que fuere, que esté relacionada con el agua del mar? ¿Cómo diablos podÃa saber yo si, entre los millares de navÃos que hay actualmente, existe alguno que bogue mejor con la popa hacia adelante? Se dice que un barco se construye sobre el modelo de un pescado; y si esto es cierto, no se tratarÃa más que de hacer uno a manera de cangrejo o de ostra, para conseguir precisamente lo que usted decÃa.
—Muy bien, anciano, imagino que la viuda del almirante le habrá recompensado con un buen regalo, y que por consiguiente, puede usted exponer, durante algún tiempo y sin motivo de preocupación, de qué manera se construirán los barcos en el futuro. Y dÃgame, ¿tiene intención de seguir descendiendo por esta colina?
—Hasta llegar allà abajo.
—Me parece estupendo, amigo, pues mi intención es subir la colina. Asà pues, como decimos en términos marinos para acabar una conversación, le deseo una buena guardia.
El viejo marino rió a su manera cuando vio al muchacho darse la vuelta bruscamente y empezar a subir la colina de la que acababa de descender.