El corsario rojo

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Wilder balanceó la cabeza de una forma que expresaba con gran claridad, que comprendía muy bien aquella tranquilidad, y continuó sus pasos hacia el pueblo con el mismo ritmo que lo hiciera antes. Caminó durante unos minutos sin darse cuenta de lo que hacía, y así habría continuado seguramente si no llega a ser por un ligero golpe que recibió en el hombro. Sorprendido, se volvió y vio que, gracias a la lentitud de su marcha, había sido alcanzado por el marino que había conocido en una sociedad a la que él, con tal de ser admitido en ella, habría dado cualquier cosa.

—Sus jóvenes piernas deberían haberle llevado mucho más adelante, mi patrón —dijo el viejo marino cuando consiguió atraer la atención de Wilder—; y sin embargo las mías, con lo viejas que son, me han ayudado a alcanzarle enseguida.

—Está juzgando, tal vez, por la ventaja extraordinaria que tiene la popa sobre las olas a las cuales corta —respondió Wilder socarronamente—; nunca sabrá calcular lo que puede aventajar un navío cuando ha hecho vela de una forma tan considerable.




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