El corsario rojo
El corsario rojo Tal vez esto no fuera más que un acontecimiento normal para un hombre que había observado tan atentamente los preparativos de partida en un barco antes de hacerse a la mar, y volvió sus ojos hacia otro barco que estaba anclado en el muelle, con la intención de ver el efecto que producía en él una señal tan manifiesta. Pero ni el examen más detallado y atento podría descubrir indicio alguno de interés común entre ambos navíos Mientras el primero llevaba a cabo los movimientos que acabamos de decir, el otro permanecía anclado, sin dar la menor prueba de que había hombres en sus puentes que parecían desiertos e inertes. Estaba tranquilo, tan inmóvil que un hombre que no tuviera conocimiento alguno al respecto podría creer que había echado sus raíces en el mar, y que se trataba de excrecencia enorme y simétrica que las olas habían hecho salir de su seno con un laberinto de cuerdas y mástiles, o uno de esos monstruos fantásticos que se cree que habitan en el fondo del océano ennegrecido por las nieblas y tempestades de los siglos; pero para el experto ojo de Wilder aparecía como un espectáculo muy distinto. Distinguió claramente, a través de aquella tranquilidad y aparente quietud, los indicios de preparativos que sólo un marinero podía descubrir. El cable, en lugar de extenderse en forma descendente hacia el agua, era corto, o casi de arriba a bajo, como se dice en términos técnicos, no teniendo más que el largo necesario para resistir el impulso de una fuerte marea que moviese la profunda quilla del barco. Todos los barcos estaban en el mar, dispuestos y preparados del modo conveniente para hacer ver que podían emprender un viaje en tan poco tiempo como fuese necesario. Ni una vela, ni una verga, se encontraba fuera de su sitio para sufrir este examen y recibir las reparaciones de las cuales se preocupan los marineros cuando se sienten seguros en una buena bahía. En medio de cientos de cuerdas que se cruzaban en el azul del firmamento formando el fondo de este cuadro, no faltaba quien pudiera ser requerido para facilitar los medios de poner en marcha al navío en un minuto. En una palabra, aquel barco, que parecía no estar preparado para partir, estaba en la situación más adecuada para hacerse a la mar, o si las circunstancias lo exigían, para llevar a cabo un ataque, o hacer una magnífica defensa. Es cierto que sus redes de abordaje estaban izadas con sus aparejos como la vela, pero había un motivo para esta medida de extrema precaución en la guerra: Se exponía a los ataques de los ligeros cruceros franceses que, viniendo de las islas de las Indias occidentales, bordeaban tan a menudo la costa del continente, en la misma posición que el barco había adoptado ahora simulando diarias defensas en la bahía. De esta forma el navío, para un hombre que conocía todas sus artimañas, aparecía como una víctima o un gusano que hubiera caído en un letárgico reposo para engañar mejor a su víctima.