El corsario rojo

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Se acercaba la hora del trabajo, y los sonidos que lo anunciaban se empezaban a oír por todas partes en el puerto. Los alegres cantos marineros se mezclaban en la calma de la mañana con sus peculiares y prolongadas entonaciones. El barco que estaba en el puerto interior fue uno de los primeros en donde la tripulación dio esta prueba de actividad y el aviso de su próxima partida. Con estos acontecimientos los ojos de Wilder parecieron salir totalmente de su abstracción y continuó sus observaciones con gran atención. Vio a los marineros hacer sus maniobras con una indolencia que suponía un verdadero contraste con la gran actividad que mostraban cuando la necesidad lo exigía. Poco después, la vela del pequeño mastelero se soltó de la verga a la que estaba amarrada y formó unos festones graciosos y desaliñados, lo que como Wilder sabía muy bien, era, en todos los barcos mercantes, la señal de partida. Unos minutos después, los ángulos inferiores de esta importante vela fueron estirados hacia los extremos de la palanqueta correspondiente, y se vio entonces a la pesada verga subir lentamente a lo largo del mástil, arrastrando con ello los pliegues de aquella vela hasta que quedó totalmente extendida semejando un gran y hermoso mantel de tela blanca como la nieve. Las ligeras corrientes de aire se dirigían hacia esta vasta superficie pero retrocedían enseguida, pues aunque la vela intentaba recibirlas con gran halago, ellas se detenían a modo de hacerle ver que aún no podían manifestar su poder. Los preparativos para la partida en este momento parecieron suspenderse, como si los marineros, tras haber invitado a la brisa, esperasen para ver si su invitación había sido aceptada.


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