El corsario rojo
El corsario rojo —HabÃa en su tono y en sus modales una mezcla muy singular, casi me atreverÃa a decir que muy extraña, de ironÃa y de interés que es inexplicable. Mientras estuvimos con él, seguramente dijo muchas cosas sin sentido; pero parecÃa que no le inducÃa a ello ningún motivo grave. Gertrudis, tú no estás tan familiarizada como yo con los términos marineros e ignoras, tal vez, que tu buena tÃa, en medio de su admiración hacia una profesión, a la que tenÃa, sin duda alguna, el derecho de amar, hacÃa a veces…
—Lo sé, lo sé, al menos lo pienso a menudo —dijo Gertrudis—, pero esa excesiva presunción en un extranjero intentar simpatizar asÃ, si es que era tal su intención, a expensas de una ligera debilidad, que aunque disculpable, no deja de ser debilidad.
—Sin duda —respondió mistress Wyllys con calma, teniendo, evidentemente, la mente llena de ideas que no le permitÃan prestar gran atención a la sensibilidad de su joven compañera—; y sin embargo él no tenÃa el aspecto de esos talentos aventados que encuentran placer en llevar a cabo las locuras que se les ocurren a los demás. Recuerda, Gertrudis, que ayer, cuando estábamos en las ruinas, mistress De Lacey hizo algunas observaciones para expresar la admiración que le inspiraba un barco de velas.
—SÃ, sÃ, me acuerdo —respondió Gertrudis con impaciencia.