El corsario rojo

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Bob Goudron, que se había levantado aparentando cierto malestar, miró durante unos minutos a su alrededor, y sus pensamientos acabaron en una explosión de ruidosas carcajadas.

—¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!, ya entiendo lo que quiere decir. No se puede tener la misma voz cuando uno tiene la boca llena que cuando la lengua está a sus anchas como un navío que ha salido del puerto después de veinticuatro horas.

—¿Ha sido, pues, usted quien había hablado?

—Naturalmente —respondió Bob radiante, como hombre que acaba de resolver un asunto en interés propio con entera satisfacción—; y ahora, amigo Harris, si quiere dar rienda suelta a sus ideas, me tiene dispuesto para escucharle.

Pero Wilder no se dio por satisfecho con la explicación que el viejo le había dado; sin embargo, se dispuso a llevar a cabo lo acordado.

—Después de verle y oírle, amigo, creo que no hay necesidad de que le diga que deseo con todas mis fuerzas que la joven con quien hemos hablado esta mañana y su compañera no se embarquen a bordo de La Real Carolina. Supongo que es necesario para nuestro común objetivo que usted sea informado del asunto; los motivos que me hacen desear que ellas permanezcan donde están no le podrían ser a usted de ninguna utilidad para lo que ha de hacer.


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