El corsario rojo

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—Sería una infamia hacerlo de otra manera. Pero antes de hablar acerca de mis proyectos y deseos, me perdonará si tomo una pequeña precaución. Conviene que yo revise este gabinete para comprobar que efectivamente estamos solos.

—No encontrará otra cosa que las chucherías pertenecientes al género femenino del pobre Joe. Como la puerta no está cerrada con demasiada maña, puede mirar cuanto guste y tras el ver vendrá el creer, como suele decirse.

Wilder no parecía dispuesto a atender a esta autorización, pues abrió la puerta mientras su compañero seguía hablando; y no encontró, efectivamente, más que objetos de uso femenino, y volvió un tanto sorprendido.

—¿Estaba usted solo cuando entré? —le preguntó después de unos minutos de reflexión.

—El honrado Joram y usted.

—¿Nadie más?

—Nadie que yo haya visto —respondió el viejo marinero con un tono que anunciaba cierta inquietud—. Si piensa otra cosa, registraremos toda la habitación. Si mi mano descubre a alguien escuchando tras la puerta, lo pasará muy mal.

—¡Un momento!… Respóndame a una pregunta: ¿Quién pronunció la palabra: «Entre»?


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