El corsario rojo
El corsario rojo —Usted está más en contra de su patria que de parte de ella, amigo —dijo el joven marino en un tono algo severo.
—Yo no estoy de su parte, al menos en cuanto a lo de los pescados se refiere; pero creo que se puede hablar, sin ofender a nadie, de lo que el Señor ha creado. En cuanto al Gobierno, se trata de una cuerda torcida por la mano del hombre, y…
—¿Y qué? —preguntó Wilder viendo que el viejo vacilaba.
—¡Ejem! A fe mÃa que, creo que el hombre cederá su propia obra cuando no pueda encontrar nada mejor en que ocuparse.
Y considero que no hay mal alguno en decir esto, ¿no es as�
—Al contrario, y por esto precisamente procuraré atraer su atención sobre el asunto que nos ha reunido aquÃ. ¿No se habrá olvidado ya de las monedas que ha recibido?
El viejo marinero acabó con su solomillo, y cruzando los brazos miró fijamente a su compañero.
—Una vez que mi nombre ha sido inscrito en el papel de una tripulación —dijo con gran calma—, soy un hombre con el que se puede contar. ¿Se hará a la mar bajo la misma bandera, amigo Harris?