El corsario rojo
El corsario rojo —Muy bien, señor Harris, yo no soy más que un pobre hombre; pero he tenido un barco a mi mando, en mis tiempos, por muy viejo y gastado que parezca, y pasaba mis noches sobre el puente con la mente elaborando nuevas ideas, aunque yo no esté tan lleno de filosofÃa como puedan estarlo un sacerdote que dirija una parroquia o un hombre de leyes, a los cuales se les paga para ello. Asà pues, permÃtame decirle que es algo desconsolador no ser más que el habitante de una colina. Esto rebaja el valor y el coraje de un hombre, y contribuye a que haga lo que sus maestros quieran. Pero todo esto, amigo Harris, está resultando pura charlatanerÃa. Un hombre puede hablar hasta el punto de perder la cabeza, o echar a pelear a la tripulación de un navÃo Puede, hablando, hacer un monte de un grano de arena, y una ballena de una platija. Bueno, pues aquà tenemos toda la larga costa de América, con sus rÃos, sus riberas, y sus lagos, que contienen tantos tesoros como uno podrÃa desear para enriquecerse, y sin embargo los servidores de Su Majestad que vienen a nosotros hablan de sus rodaballos, de sus lenguados y sus carpas, como si el Señor no hubiera hecho más que pescados, y el diablo hubiera dejado deslizarse las otras cosas entre sus dedos sin pedir permiso.
Wilder se volvió y permaneció sorprendido con los ojos fijos en el viejo, que entretanto continuaba comiendo como si no hubiera dicho nada que no fuera normal.