El corsario rojo
El corsario rojo Sin embargo, cuando penetraron en una pequeña habitación bastante estrecha, no vio a nadie, sólo al marinero que el posadero acababa de saludar como a un viejo conocido, y por el cual él había dado un nombre al que su traje reconocía todos los derechos, Bob Goudron. Mientras que Wilder miraba a su alrededor algo sorprendido por la situación en que se encontraba, el posadero se retiró, y él se quedó solo con su aliado. Este estaba ocupado en hacer honores a un buen filete de vaca colocado ante él, y que acompañaba de un licor al parecer, muy de su gusto, aunque, ciertamente, no hubo tiempo de prepararle el brebaje que había pedido. Sin dar tiempo a Wilder de hacer más reflexiones sobre la situación, el viejo marinero le hizo señas para que cogiera la única silla que había libre en la habitación, y continuó el ataque al solomillo con igual intensidad que antes, como si no hubiera sido interrumpido.
—¿Qué nombre debo dar a su honor?
—¿A mí? ¡Mi nombre!… Harris.