El corsario rojo
El corsario rojo —¿Acaso es un granuja furioso ése de quien habla?
—¡Él! Hay más de uno en ese barco de contrabando, son todos unos bandidos sedientos de sangre y rapiñas, hasta el último de los grumetes de la tripulación. ¡Es una verdadera tristeza, una verdadera desolación, Pardy, oÃr el relato de sus fechorÃas en los mares del rey!
—Mucho he oÃdo hablar del Corsario —contestó el campesino—, pero nunca me han contado con detalle sus piraterÃas.
—¿Cómo vas a poder conocer, muchacho, tú que vives en el interior, lo que ocurre en el vasto océano, igual de bien que nosotros que vivimos en un puerto tan frecuentado por los marinos? Temo que regreses tarde a tu casa, Pardon —añadió dirigiendo la mirada a unas rayas trazadas sobre las tablas de su tienda, por medio de las cuales podÃa calcular la marcha del sol—; van a dar las cinco de la tarde, y tienes que andar dos veces ese número de millas antes de poder, moralmente hablando, alcanzar el punto más cercano de la granja de tu padre.