El corsario rojo
El corsario rojo —Con ellas habrá tenido bastante, estoy seguro. ¿Te ha hablado de la Gran Marmita que hierve y que zumba como si Belcebú atizara por debajo sus fuegos más violentos? ¿Te ha hablado del Lomo de Jabalà por encima del cual el agua se precipita con tanta violencia que parece que no cae, y que yo compararÃa, a las grandes cascadas del Oeste? Gracias a la prudente destreza de nuestros marinos y al extraño valor de nuestros pasajeros, tuvimos éxito, y sin embargo debo confesarlo, y poco me importan que se rÃan, es una dura prueba para el valor penetrar en ese terrible estrecho.
—¿Atravesó la Puerta del Infierno por tierra? —preguntó el campesino con atención.
—Ciertamente hubiera sido blasfemar y tentar a la Providencia de una manera impÃa si dijese otra cosa, cuando vimos que nuestro deber nos llamaba para tal sacrificio; pero el peligro pasó, como pasará, asà lo espero, esta guerra sangrienta en la que nosotros dos hemos desempeñado nuestro papel, y entonces, espero humildemente, que Su Graciosa Majestad tenga a bien dirigir sus augustos pensamientos hacia los piratas que infectan la costa, y ordene a alguno de sus valientes capitanes que dé a esos granujas el mismo tratamiento que ellos quieren imponer a los demás. Será un maravilloso espectáculo para mis débiles ojos ver al famoso Corsario Rojo, tanto tiempo perseguido, llegando a este mismo puerto a remolque de un barco del rey.