El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡El cielo me libre de las sospechas! El diablo plaga nuestro espíritu de dudas, pero hace falta ser muy débil y estar mal dispuesto para caer en ellas. Los oficiales y la gente que forma la tripulación de ese barco beben cuanto es necesario, son generosos como príncipes, no se olvidan nunca de pagar su consumición antes de salir de la casa, y por consiguiente me atrevo a afirmar que son gente honrada.

—Y yo digo que son piratas.

—¡Piratas! —repitió Joram con los ojos atacados por una desconfianza muy marcada en la fisonomía de Wilder que era todo oídos—. Pirata es palabra muy dura, patrón Bob, y jamás se debe permitir una imputación de ese tipo contra nadie, sea quien sea, sin tener buenas y suficientes pruebas que alegar para justificar si se trata de una difamación, o si tal asunto ha de ser llevado ante doce hombres conscientes y juramentados. Pero yo me imagino que usted sabe lo que se dice y ante quiénes está hablando.

—Lo sé, y ahora, puesto que su opinión en este asunto es que no hay absolutamente nada, podría muy bien…

—Hacer cuanto me ordene —exclamó Joram visiblemente encantado al ver que cambiaba el tema de la conversación.


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