El corsario rojo
El corsario rojo —Vaya allá abajo a ver si sus parroquianos tienen ya la garganta seca —continuó el viejo marinero haciéndole señales al mismo tiempo que se retiraba por el camino que habÃa venido, con el aspecto de un hombre que sabÃa serÃa obedecido. Una vez que el posadero se marchó y la puerta fue cerrada, se volvió hacia su compañero y le dijo—: Parece usted tan consternado por lo que acaba de oÃr como el incrédulo Joe.
—Sus sospechas son graves, anciano, y hará bien en buscar en qué apoyarlas antes de volver a repetirlas por segunda vez. ¿De qué pirata se ha oÃdo hablar recientemente por esta costa?
—Está el Corsario Rojo, que es bastante conocido —respondió el viejo marinero bajando la voz, y acercando su boca al oÃdo de aquél, echó un vistazo a su alrededor como si hubiera considerado que habÃa que tomar precauciones excesivas incluso para pronunciar tan temible nombre.
—Pero se dice que está normalmente por el mar de las Caribes.
—Es un hombre que está en todas partes, en todas. El rey pagarÃa una buena suma de dinero al que pusiera a ese bribón en manos de la justicia.
—Eso es mucho más fácil de decir que de hacer —dijo Wilder con aire pensativo.