El corsario rojo
El corsario rojo —Es posible; yo no soy más que un viejo armazón de huesos más propio para indicar el camino que para marchar delante, pero usted tiene un barco a punto de salir del astillero, todos sus aparejos son nuevos, y no hay una sola plancha suelta en su abordaje. ¿Por qué 110 hace su fortuna vendiendo a ese bribón al rey? De ello no resultara más que el dar al diablo un poco más pronto o un poco más tarde lo que se le debe.
Wilder vacilaba, y contrariado, se alejó de su compañero haciéndole ver que lo que acababa de oÃr no le gustaba en absoluto. Sin embargo sintió la necesidad de responderle.
—¿Y qué razones tiene usted —le preguntó— para creer que sus sospechas no son infundadas? Y en caso de que no lo sean, ¿que medios adoptarÃa para llevar a cabo tal proyecto, en ausencia de los cruceros del rey?
—Yo no me atreverÃa a jurar que son fundadas; pero si seguimos una falsa ruta, nos veremos obligados a virar de bordo cuando reconozcamos nuestra equivocación. En cuanto a los medios, confieso que es más fácil hablar de ello que llevarlo a la práctica.