El corsario rojo

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—Vaya, vaya, todo esto no es más que pura charlatanería, una visión de su viejo cerebro —dijo Wilder fríamente—; y mientras menos se hable, mejor será. Sin embargo, durante todo este tiempo hemos olvidado nuestro negocio; estoy a punto de creer que busca cómo extraviarme alumbrando un falso faro, para verse libre del servicio que ya tiene medio pagado.

Había cierto aspecto de satisfacción en el rostro del viejo marino mientras Wilder hablaba de esa forma, y el joven se habría visto sorprendido si no se hubiese levantado, al empezar a hablar, para pasear por la pequeña habitación con grandes pasos y aire pensativo.

—¡Bien! ¡Bien! —replicó el viejo, tratando de fingir su manifiesta alegría con su aire habitual de egoísmo e ironía—, yo soy un viejo soñador y a menudo sueño que navego en el mar mientras me siento sujeto muy fuertemente en tierra firme. Creo que debo satisfacer pronto una cuenta con el diablo para que tome su parte de mi pobre armazón, y así yo quede como capitán de mi propio barco. Ahora, veamos las órdenes de Su Honor.

Wilder volvió a sentarse, y se dispuso a dar a su aliado las instrucciones necesarias para que pudiese desmentir cuanto había dicho anteriormente en favor del navío dispuesto a largar velas.


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