El corsario rojo
El corsario rojo Durante el tiempo que fue necesario para sacar del peligro a La Real Carolina, la atención de Wilder se repartió entre su propio barco y el que estaba tan próximo, y cuya conducta era inexplicable. Ni un ruido salía de él, y reinaba un silencio parecido al de la muerte. No se veía ni un rostro inquieto ni unos ojos curiosos por ninguna de las numerosas aberturas por donde la tripulación de un barco armado podía echar una mirada al mar. El marino situado sobre la verga continuaba su trabajo como quien no piensa en nada más que en su propia existencia. Había sin embargo en el navío un movimiento lento, aunque casi imperceptible, que, como el de una ballena adormecida, parecía producido por una voluntad indiferente más que por los esfuerzos de la mano de los hombres.