El corsario rojo
El corsario rojo Ni uno solo de estos cambios escapó al examen que hizo Wilder con tanta atención como inteligencia. Vio que, a medida que La Real Carolina se retiraba del negrero, le presentaba gradualmente el costado. Las bocas amenazadoras de sus cañones estaban siempre dirigidas hacia el barco mercante, y durante todo el tiempo que estuvieron cerca el uno del otro, no hubo ni un momento en el que el puente de éste no hubiera podido ser barrido por una descarga general de la artillería del primero. A cada una de las órdenes que daba, nuestro aventurero volvía los ojos hacia el navío vecino para ver si él permitía que se ejecutase; no se sintió seguro de que la dirección de La Real Carolina le pertenecía hasta que dejó de estar en esta peligrosa proximidad, y, que obedeciendo a la nueva disposición de sus velas, ella hubo hecho su abatimiento en un lugar donde él podía dirigir los movimientos a su gusto.
Al ver que la marea le era favorable, y que había poco viento para refluiría, hizo atar las velas en festones a sus vergas, y dio orden de arrojar el ancla.