El corsario rojo
El corsario rojo —Hay distintas opiniones: unos dicen que sÃ, otros que no. Pero yo sé de un hombre que ha viajado una semana en compañÃa de un marino que, arrastrado por una borrasca, ha pasado a una distancia de cien pies de ese barco. La mano del Señor se hizo notar en las olas, y el Corsario tuvo que cuidar de que su barco no sucumbiera. El amigo de mi amigo vio perfectamente al barco y al capitán, sin correr el menor peligro. DecÃa que el pirata era un hombre que podÃa ser algo más grueso que la mitad del predicador de hoy, tenÃa el pelo del color del sol en una niebla, y unos ojos que nadie quisiera ver por segunda vez. Le vio tan bien como yo le veo a usted; pues el bandido se mantenÃa sobre la tilla de su barco, haciendo señas al honrado mercader, para que no avanzase por temor a que los dos navÃos se dañasen al chocar.
—Era un intrépido marino este mercader, para osar aproximarse tanto a semejante malvado sin piedad.
—Yo le aseguro, Pardon, que lo hacÃa absolutamente contra su voluntad. ¡Pero la noche era tan oscura!
—¡Oscura! —interrumpió el otro—. ¿Entonces cómo pudo verle tan bien?