El corsario rojo

El corsario rojo

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—Gertrudis, ya podemos retirarnos a nuestro camarote —dijo mistress Wyllys fríamente y disgustada por la gran decepción mezclada al resentimiento que le inspiraba la idea de que el joven marino había querido divertirse a costa de ellas. La mirada que le dirigió Gertrudis parecía hacerle un reproche lleno de frialdad, el color que apareció en sus mejillas, y que añadía a la expresión de sus ojos, era aún más vivo que el de su aya, aunque demostrara quizá menos rencor.

Mientras que la tripulación se dedicaba a poner en orden los cordajes y en arreglar el puente, el joven comandante apoyó la cabeza sobre el espejo de popa y permaneció algunos minutos en una actitud de profunda reflexión. Salió de esta meditación a causa de un ruido parecido al de un remo ligero que se hunde en el agua y sale sucesivamente, creyendo ser importunado por alguna visita que viniera de tierra, levantó la cabeza y echó una mirada de disgusto por encima de la borda para ver quién se aproximaba así.

Una pequeña barca, como la que utilizaban generalmente los pescadores en las bahías y en las aguas bajas de América, estaba a menos de diez pies del barco, y en una posición que costaba trabajo verla. No iba en ella nada más que un hombre cuya espalda daba hacia Wilder, y que parecía ocuparse de la labor ordinaria de los propietarios de semejantes barquichuelas.


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