El corsario rojo
El corsario rojo —¿Trata usted de pescar el pez-timón, amigo, para acercarse tanto al barco? —le preguntó Wilder: según se dice la bahÃa está llena de otros señores con escamas que irÃan mejor a sus trabajos.
—Siempre le pagan a uno bien cuando se coge el pescado cebado —respondió el pescador volviendo la cabeza y mostrando el ojo astuto y los rasgos maliciosos del viejo Bob, nombre que se daba al pérfido marino aliado de Wilder.
—Cómo se atreve a presentarse ante mà sobre cinco brazas de agua, después de la jugada indigna que usted me ha…
—¡Silencio!, noble capitán, ¡silencio! —dijo Bob levantando un dedo para calmar la cólera del joven marino—, no es necesario llamar a toda la tripulación al puente para que nos ayude a mantener nuestra corta conversación. ¿Por qué he caÃdo bajo el viento de sus buenos favores, capitán?
—¿Cómo ha ocurrido, bribón? ¿No le he pagado para dar cuenta de tal cosa en este barco a las dos damas que en él se encuentran, que hubieran preferido, como usted mismo ha dicho, pasar la noche en un cementerio que poner un pie en la cubierta?
—Ha influido en parte el azar, capitán; pero no olvide usted la mitad de las condiciones, y yo no olvidaré la otra mitad.