El corsario rojo
El corsario rojo —¡Cómo! ¿Qué parte de mi compromiso he olvidado?
—¿Qué parte? —repitió el supuesto pescador sacando del agua un sedal al que faltaba un objeto no menos importante, el anzuelo—. ¿Qué parte, capitán?, nada menos que la segunda guinea.
—Ella debÃa ser la recompensa al servicio prestado, y no servir de señal, al igual que la primera guinea, para que se encargara de ello.
—¡Ah!, usted me ayuda a encontrar las palabras que necesito. Me imaginé que eso no era tan fácil, como la primera vez que habÃa sido recibido, y asà dejé el asunto a medio hacer.
—¡A medio hacer, miserable! ¡Usted no ha empezado nunca lo que tan enérgicamente me juró que harÃa!
—Ahora, mi patrón, está usted tan desencaminado como si dirigiera el barco hacia el este para navegar hacia el polo. Yo he cumplido religiosamente la mitad de lo que prometÃ, y ha de reconocer que tan sólo se me ha pagado la mitad.
—DifÃcilmente podrá probarme incluso que me ha hecho la mitad.
—Consultemos el diario: yo me he comprometido a subir por la colina hasta la casa de la buena viuda del almirante, y a continuación a hacer en mis opiniones ciertos cambios de los que no es necesario que ahora hable.