El corsario rojo
El corsario rojo —Y eso es lo que no ha hecho; sino por el contrario ha desbaratado mis planes al hablar en un sentido totalmente opuesto a lo que habÃamos convenido.
—Es cierto.
—¿Es cierto, bribón? Si la justicia se cumple, se le dará cuenta con una cuerda: es el salario que merece.
—En justicia yo he cumplido más de la mitad de lo que debÃa hacer, cuando llegué a la presencia de la viuda crédula, y entonces decidà renunciar a la mitad de la recompensa que no me habÃa sido pagada, y aceptar una gratificación por otra parte.
—¡Miserable! —gritó Wilder un poco cegado por el resentimiento; ni siquiera su edad le pondrá a salvo del castigo que merece—. ¡Eh!, ¡los de proa!, que se eche una chalupa al mar, y que se traiga a ese viejo infame a bordo del barco; no os acobardéis por sus gritos: tengo que saldar una cuenta con él, y no será posible sin un poco de ruido.