El corsario rojo
El corsario rojo El lugarteniente a quien esta orden se dirigía y que respondió a la llamada saltó sobre el barandal para ver la barca a la que debía perseguir. En menos de un minuto estuvo en la chalupa con cuatro marineros, y a continuación dio la vuelta a la proa del barco para pasar al costado en que se hallaba la barca. Bob tan sólo dio dos o tres remadas, y envió su barquichuela a veinte o treinta brazas donde se detuvo riendo a carcajadas. Sin embargo, apenas vio la chalupa, se entregó seriamente al trabajo, puso en juego sus dos brazos vigorosos, y convenció pronto a sus espectadores de que no sería sin dificultad como se apoderarían de su persona.
Durante unos instantes no se supo demasiado bien hacia qué lugar el fugitivo se proponía ir, ya que engañaba completamente a los que le perseguían burlándose con cambios tan ligeros como hábiles; pero pronto, ya por que creyera que se estaban divirtiendo a su costa, ya sea que quizá temió agotar sus fuerzas de las que hacía uso con tanta destreza como vigor, siguió una línea totalmente recta dirigiéndose hacia donde estaba el Corsario.