El corsario rojo

El corsario rojo

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El efecto de tantos cuidados unidos a tanto ingenio fue conseguir que La Real Carolina navegase por el océano con una rapidez que jamás había conseguido o, a lo más, que raramente alcanzó alguna otra vez. Poco tiempo pasó para que la tierra dejara de verse por los dos lados; y tan sólo se podía ver por detrás, desde donde se divisaban todavía las islas con un colorido azulado, y con un largo horizonte oscuro al norte y al oeste. Las dos damas fueron avisadas para que pudieran decir adiós a la tierra. Cuando el día iba a desaparecer, y en el momento en que las islas estaban a punto de ocultarse por las olas, Wilder subió a una de las vergas más elevadas, llevando en las manos unos anteojos. Sus miradas se dirigieron durante mucho tiempo atentamente hacia la bahía que acababan de abandonar. Pero cuando descendió, tenía la mirada más tranquila y estaba más calmado. La sonrisa del éxito afloraba a sus labios, y dio sus órdenes con precisión, jovialidad y coraje. Fueron ejecutadas con prontitud. Los marineros más viejos, señalaban las olas que iban cortando, juraban que nunca habían visto a La Real Carolina navegar con tanta rapidez. Los lugartenientes observaron la corredera, e hicieron un signo de satisfacción cuando uno de ellos comunicó a otro la velocidad extraordinaria del barco. En una palabra el regocijo y la alegría reinaban a bordo, pues se pensaba que una travesía comenzada bajo tales auspicios llegaría a su fin pronto y felizmente.


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