El corsario rojo
El corsario rojo —¿Le conoce usted?
—Nos hemos visto alguna vez.
—¿Y cuál es su nombre?
—El patrón de ese navÃo No sé otro.
—Gertrudis, permaneceremos en nuestro camarote. Cuando perdamos la tierra de vista, señor Wilder, tenga la bondad de hacérnoslo saber.
Wilder se lo prometió, y las damas abandonaron la cubierta. La Real Carolina, según parecÃa, pronto estarÃa en alta mar. Para proseguir y acelerar la marcha del navÃo, el joven capitán dio las órdenes oportunas. Por lo menos cien veces levantó los ojos atentamente hacia las velas de su barco, ordenando ya que las apretasen aún más contra la verga, ya que las extendieran a lo largo de su mástil.