El corsario rojo

El corsario rojo

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La Real Carolina había pasado ya, y orzaba entonces frente a la proa del negrero para tomar su ruta. El marino que estaba en el espejo de popa de este último navío agitó nuevamente su gorro en señal de adiós, y desapareció.

—¿Es posible que tal hombre haga un tráfico de seres humanos? —dijo Gertrudis cuando los dos interlocutores cesaron de hablar.

Al no recibir respuesta se volvió con vivacidad para mirar a su compañera. La institutriz estaba sumida en una especie de abstracción, sus ojos fijos en el vacío. Gertrudis cogiéndola de la mano le repitió la pregunta, mistress Wyllys volvió en sí, y pasando la mano por su frente le respondió con indiferencia y con una sonrisa forzada:

—El encuentro con un navío o la vista de alguna maniobra naval, querida mía, siempre me trae antiguos recuerdos. Pero ciertamente ese individuo que he visto a bordo del negrero es un tipo muy raro.

—¡Para un mercader de esclavos!, ¡rarísimo! —dijo Gertrudis.

Mistress Willys apoyó un instante la cabeza en su mano, y se volvió a continuación para buscar a Wilder.

—Dígame, muchacho —le dijo—, ¿ese individuo es el comandante del negrero?

—Sí, señora.


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