El corsario rojo
El corsario rojo —Pase a sotavento del negrero —dijo Wilder al marino que estaba en el timón; y entonces el joven capitán fue a apoyarse sobre el brazal del viento como todos los que no tenÃan nada que hacer a bordo en ese momento, para observar el barco al que se aproximaban tan rápidamente. Ninguna figura humana, ningún ojo curioso se veÃa sobre su borda. El paso, como puede imaginarse, fue rápido y durante el poco tiempo en que las proas y las popas de los dos barcos se encontraron casi en lÃnea paralela, Wilder pensó que se efectuarÃa sin que el supuesto negrero diera la más ligera señal de atención. Sin embargo se equivocó. Un hombre ágil y activo que llevaba el uniforme de marino se subió sobre el espejo de popa, y agitó al aire un gorro de marino, como para saludar. En el momento en que el viento hizo flotar la cabellera de este individuo, Wilder reconoció los ojos vivos y penetrantes y los rasgos del Corsario.
—¿Cree que el viento se mantendrá de ese lado, señor? —dijo éste hablando muy alto.
—Es demasiado vivo para ser constante.
—Un marino prudente se apresurarÃa a avanzar hacia el este mientras fuera necesario, pues me parece que huele un poco a las Indias Occidentales.
—¿Cree que volverá más al sur?
—Lo creo. Pero una bolina durante la noche serÃa suficiente.