El corsario rojo
El corsario rojo —¡Todos al cabrestante! —gritó Wilder en un tono que parecÃa decir a sus compañeras: «Puesto que estáis decididas, la ocasión de mostrar vuestra decisión no os faltará.»— ¡Todos al cabrestante! Hay que tratar de aprovechar la brisa que empieza a sentirse, y llevar el barco mar adentro que aún es de dÃa.
El sonido de los espeques se unió al canto de los marineros. Entonces comenzó el trabajo penoso de levar el pesado ancla del fondo del mar, y pocos minutos después se halló libre de los hierros que le sujetaban a tierra.
No tardó en llegar un buen viento del lado del mar cargado de la humedad salina de este elemento.
El ancla estaba en su sitio, el barco se puso en movimiento, desplegadas las altas velas, habÃan caÃdo las más bajas, y la proa de La Real Carolina cubrÃa de espumas las olas al cortarlas antes de que hubieran transcurrido diez minutos.