El corsario rojo
El corsario rojo —Debe merecer ese nombre, puesto que es de la familia del diablo. En primer lugar, aunque el bribón sea viejo y su cabeza esté cubierta de canas, hacÃa bogar su barca como si hubiera flotado en el aire. Después estuvimos detrás nada más que un minuto o dos a lo más, y sin embargo cuando llegamos al otro lado del negrero, hombre y barca, todo, habÃa desaparecido.
—¡Pues bien!, que el bribón se escape. Señor Earing, parece que hay una brisa que viene del mar; despleguemos de nuevo las velas de gavia a fin de estar preparados para recibirla. Me encantarÃa si pudiéramos ver el ocaso del sol en el mar.
Los dos lugartenientes y toda la tripulación se dedicaron apresuradamente a la tarea. Wilder, durante este tiempo, se dirigió hacia mistress Wyllys que habÃa oÃdo su corta conversación con el lugarteniente.
—Usted ve, señora, —le dijo, que nuestro viaje no comienza sin algunos presagios.
—Cuando me dice, con ese aire de singular sinceridad que posee algunas veces, joven inexplicable, —le respondió ella—, que cometemos una imprudencia confiándonos al océano en este barco, casi me inclino a dar fe a sus palabras; pero cuando recurre al argumento de la brujerÃa para apoyar su advertencia, lo único que hace es que me confirma en la determinación de hacer este viaje.