El corsario rojo

El corsario rojo

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—Es la hora de hacer mi ronda —dijo Wilder sonriendo, al notar que esos extraños sonidos habían hecho estremecer a Gertrudis—. Ahora es preciso que vaya a cumplir mi última obligación de la jornada. ¿Queréis venir a ver si la noche promete ser favorable? Una dama que tiene gusto y disposiciones para la marina no debe acostarse sin haber dado su opinión sobre el tiempo.

La institutriz aceptó el brazo que él le ofrecía, y subieron la escalera en silencio. Seguidos por Gertrudis, al llegar al puente, se pusieron al lado donde soplaba el viento sobre el castillo de popa.

La noche estaba cubierta de nieblas sin ser totalmente oscura. La luna llena acababa de salir con todo su resplandor, pero seguía su camino en el cielo tras una masa de oscuras nubes demasiado espesas para que sus rayos pudiesen atravesarlas. Entre éstas y aquéllas, un débil reflejo se abría paso a través de las nieblas menos densas y caía sobre las aguas a las que iluminaba como una bujía encendida a lo lejos.

Gertrudis se estremeció al llegar al puente y murmuró una expresión de extraño placer. Cuando su primer síntoma de entusiasmo se calmó, exclamó con tono de admiración:

—Un espectáculo así compensa un mes de encarcelamiento en un barco. Debe encontrar vivos goces en tales escenas, señor Wilder, y deben serle muy familiares.


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