El corsario rojo

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—Sin duda, sin duda; en ellas se encuentra extraordinario placer. Preferiría que el viento hubiese variado un punto o dos. No me gusta el cielo cubierto de nubes, ni esa brisa tan perezosa que viene del este.

—El barco avanza muy rápido —dijo mistress Wyllys con voz tranquila—, si continuamos con esta velocidad, parece que tendremos una travesía corta y feliz.

—Indudablemente —dijo Wilder como si no se diera cuenta de que en ese momento se hallaba con unas damas—; es muy probable, es cierto. Señor Earing, recoge demasiado aire esa vela. Pliegue las velas de los masteleros, y recoja las otras más próximas. Si se mantiene el viento del este desviándose hacia el sur, podemos procurar acodillarnos completamente en alta mar.

El lugarteniente respondió de la manera rápida y sumisa en que los marinos hablan a sus jefes, y después de examinar unos instantes las señales que daba el tiempo, mandó ejecutar en seguida la orden que acababa de recibir. Mientras que los marinos estaban en las vergas, ocupados en plegar las velas pequeñas, las dos damas se pusieron aparte para dejar al joven comandante que cumpliera libremente con su deber sin ser interrumpido.


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