El corsario rojo

El corsario rojo

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Sus ojos seguían la dirección del viento que, sin ser un huracán, castigaba las velas con rachas fuertes y violentas. Después de un examen largo y atento, el joven marino se puso a caminar por el puente dando grandes pasos. De vez en cuando hacía una pausa corta y repentina, y fijaba también sus ojos hacia el lugar de donde venía el viento después de haber atravesado la inmensidad de los mares, como si temiera una tempestad, como si deseara que sus agudas miradas pudiesen penetrar en la oscuridad de la noche para sacarle de una penosa duda. Finalmente se detuvo en una de esas vueltas rápidas que hacía cada vez que llegaba a uno de los extremos de su corto paseo. Mistress Wyllys y Gertrudis estaban en ese momento cerca de él, y pudieron darse cuenta de que había en sus rasgos algo que anunciaba inquietud, mientras que sus ojos se fijaban súbitamente en un punto alejado del océano.

—¿En qué están fijos sus ojos con tanta atención? —le preguntó la institutriz.

Wilder levantó el brazo lentamente, y fue a señalar con el dedo algo, cuando volvió a bajarlo de golpe.

—Era una ilusión —dijo volviéndose rápidamente, y andando por el puente aún con más rapidez que antes.

—No vemos nada —dijo Gertrudis cuando Wilder se detuvo de nuevo cerca de ellas, y fijó también los ojos, al parecer, en el vacío.


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