El corsario rojo
El corsario rojo —¡Miren! —respondió guiando sus miradas con el dedo— ¿no ven nada, allá?
—Nada.
—Miren en el mar; allá precisamente en el horizonte; el largo de ese rayo luminoso, cargado de vapores, en el que las olas se levantan como pequeñas montañas sobre la tierra. ¡Miren!, están bajando; mis ojos no se han equivocado: ¡cielos, es un barco!
—¡Una vela, eh! —gritó desde lo alto de un mástil una voz que retumbó a los oÃdos de nuestro aventurero como un graznido de un espÃritu siniestro atravesando la inmensidad de los mares.
—¿Por dónde? —respondió él rápidamente.
—A sotavento, señor —contestó el marinero gritando con todas sus fuerzas—. Creo que es un barco, sin embargo hace una hora me parecÃa más una nube que un barco.
—SÃ, tiene razón —murmuró Wilder—, y sin embargo es muy extraño que se halle un barco en estos parajes.
—¿Y por qué es extraño que lo veamos por aqu�
—¡Hum!, quisiera que estuviese aún más lejos: quisiera que ese barco estuviera en cualquier otra parte.
—¿Y por qué? ¿Tiene motivos para pensar que un enemigo nos aguarda en este lugar?