El corsario rojo
El corsario rojo —No, pero no me agrada la situación. ¡Ojalá navegue hacia el norte!
—Debe ser algún barco del puerto de Nueva York que regresa de las islas de Su Majestad en el mar de las Caribes.
—No —dijo Wilder moviendo la cabeza—; ningún barco que saliese de Neversin hubiera podido avanzar tanto en alta mar con un viento como éste.
Wilder llamó al oficial de guardia, y habló con él durante algún tiempo. El marino que ocupaba el segundo puesto en el barco, valiente oficial, pero que no tenÃa un espÃritu muy sutil, no vio nada notable en la presencia de una vela en el lugar donde el navÃo desconocido presentaba aún una imagen confusa y poco clara. No se atrevió a pronunciar que pudiera tratarse de algún barco mercante que hiciera un comercio lÃcito con las Carolinas.
—¿No es raro que se encuentre precisamente en este lugar? —preguntó Wilder después de examinar alternativamente con atención ese objeto casi imperceptible, con la ayuda de unos anteojos.
—SerÃa más ancho —respondió el lugarteniente que juzgaba las cosas al pie de la letra, y cuyos ojos no veÃan nada más que la situación náutica del barco desconocido—, y estarÃamos mejor si estuviéramos a una docena de leguas más al este.
Wilder le interrumpió.