El corsario rojo
El corsario rojo Como el sastre parlanchín había necesariamente perdido muchos ratos preciosos en contar la historia que precede, se puso entonces a recuperarlos con gran actividad, ayudándose con rápidos movimientos de la mano sosteniendo la aguja y con gestos de la cabeza y de los hombros. Al mismo tiempo, el campesino, cuyo espíritu estaba muy lleno de lo que acababa de oír, dirigió los ojos hacia el barco que el otro le señalaba con el dedo, para hacerse una idea, y aprenderse todo lo que tenía relación con una historia tan interesante, a fin de poderla contar después con todos sus detalles. Fue necesario un momento de interrupción en la conversación, mientras que los dos interlocutores se ocupaban cada uno de lo suyo. Pero el silencio fue súbitamente roto por el sastre, que cortó el hilo con el que terminaba el traje de Pardon, lo dejó todo sobre el banco, levantó sus gafas, y dirigió su vista hacia el barco sobre el que los ojos de su compañero permanecían fijos.