El corsario rojo

El corsario rojo

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—¿Sabe, Pardy —dijo—, qué raros pensamientos, qué crueles sospechas se me han ocurrido en relación con ese barco? Se cuenta que es un negrero llegado aquí para coger agua y madera; lleva ya una semana ahí, y que me muera si se ha llevado a él una sola tabla; en cuanto al agua, le digo que por cada gota de agua han transportado a bordo por lo menos diez de ron de Jamaica. Además, puede ver que ha anclado en un lugar en el que no hay ni un solo cañón de la batería que pudiese esperarle; mientras que si hubiese sido un sencillo barco mercante, se hubiera colocado naturalmente en un lugar donde, si algún corsario codicioso llegaba a rondar alrededor del puerto, se hubiese encontrado en el más ardiente fuego.

—Es usted muy astuto, buen hombre —dijo el campesino embobado—. ¡Pues bien!, yo apenas hubiera sospechado eso.

—Es la práctica, la experiencia, Pardon, la que nos hace hombres. Debo saber cosas de las baterías, yo que he visto tantas guerras y que he servido durante una semana en ese fuerte, cuando el rumor se extendió de que los franceses enviaban una flota de Louisbourg para cruzar la costa. En esa ocasión tuve por misión hacer de centinela junto al cañón, y examiné veinte veces la pieza en todos los sentidos, a fin de ver en qué dirección el cañonazo partiría en caso que fuera necesario hacer fuego.


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