El corsario rojo
El corsario rojo —Hay marineros que dicen que El Volatinero Holandés navegaba a la altura de ese cabo, y que parecÃa algunas veces como si llevara el mismo rumbo de otro barco, y que navegaba tras él como barco que quiere abordarlo. Más de un crucero del rey, se dice, ha sacado a toda su tripulación de un tranquilo sueño cuando los vigÃas anunciaban que veÃan a un barco de dos puentes aproximarse en la noche, con las aspilleras abiertas y las baterÃas preparadas. Sin embargo este barco no puede ser como El Holandés, ya que a lo más es una balandra de guerra, si no es un crucero.
—No, no —dijo Wilder—, éste no puede ser El Holandés.
—Ese barco no tiene ni una luz y se confunde tanto con las nieblas que salen del mar que se podrÃa dudar de que sea un barco. Además El Holandés se muestra siempre contra el viento, y ese navÃo que vemos está exactamente en nuestra dirección.
—No es El Holandés —repitió Wilder respirando hondamente como quien despierta de un profundo sueño—. ¡Ah!, ¡barras transversales de la gavia mayor!
El marinero que estaba situado en lo alto del mástil respondió a esta llamada en la forma acostumbrada, y la corta conversación que siguió se compuso de gritos más que de palabras.
—¿Hace mucho que vio esa vela? —preguntó Wilder.